miércoles, 20 de diciembre de 2006

La estela romana de San Leonardo

Publicada en el Fichero Epigráfico
El Fichero Epigráfico es una publicación suplemento de la revista
Conimbriga, del Instituto de Arqueología de la Universidad de Coimbra, que se destina a dar conocimiento de las inscripciones inéditas de la Península Ibérica, como la siguiente, que hace referencia:
En el número 61:
- Una nueva gentilidad en un epígrafe de San Leonardo de Yague (Soria), por Joaquín Gómez-Pantoja y Sara Fernández Medina;
Que dice:
La nueva gentilidad a la que se refiere es la de los Saigleiniqui, a que pertenece Valerius Atto, Acconis f.
La inscripción dice, según el registro: 
VALERIUS ATTO SAIGLEINIQ ACCONIS f AN LXIII HSTTL
Valerius / Atto Saig/leiniq(um!) / Acconis /f(ilius) an(norum) LXIII /h(ic) s(itus) e(st) s(it) t(ibi) t(erra) l(evis)
"Valerius Atto, Saigleinico (de los Saigleinicos), hijo de Acco, de 63 años, aquí está sepultado. Séate la tierra leve.
La datación nada más dice que es de la Hispania Citerior.
También está registrada en la base de datos Hispania Epigraphica, con No. de registro. 17257, encontrada en San Leonardo de Yagüe.
Según cuenta Teodoro de Miguel, esta incripción apareció al derribarse la casa de Rosa Pérez -entre la calle de la Magdalena y la de las Heras- , en el cargadero o dintel de una de sus ventanas. Está claro que se había aprovechado esta "piedra" como elemento constructivo, pudiendo estar originalmente en el mismo sitio o en otro más distante, que, en cualquier caso nos gustaría conocer.

domingo, 3 de diciembre de 2006

FIESTA DE CANDELAS DE 1930 – RECUPERACIÓN DE LAS DANZAS

Todos los pueblos tienen unas raíces culturales y unas tradiciones. Nuestro pueblo las tenía y mantenía vivas. Fue a partir de la edad de 10 a 12 años, cuando empecé a tomar conciencia, comprender, valorar y disfrutar de esa cultura popular y tradiciones que se manifestaban en toda su pureza muy particularmente en las fiestas locales.­
Las Candelas y San Blas, fiestas entrañables, fueron siempre la ilusión de chicos y mayores, todos dispuestas a celebrarlas con la mayor alegría, participando como veremos, muchos como protagonistas y los más dando a aquellos todo el calor de un pueblo que mantiene vivas su fe y tradiciones.­
Evocando aquellos felices años de mi infancia, retrocediendo en el tiempo y como si no hubiera transcurrido mas de medio siglo, quiero narrar mis vivencias de aquellos, en que empecé a darme cuenta de que mi pueblo era estupendo y que tenía algo especial que había que conservar.­
Estamos en los primeros días del año de 1.930. En el Ayuntamiento, la Corporación en la última sesión del año que ha terminado, ha acordado los festejos a realizar en las fiestas Virgen de Las Candelas y San Blas, en las que no ha de faltar, como es tradición, la representación de una obra de teatro por los aficionados del pueblo. La Comisión de festejos ha elegido y re­comendado se ponga en escena, la obra "UN ALTO EN EL CAMINO" de Julián Sánchez Prieto, el Pastor Poeta. Se ha roto la tradición de representar una obra de "capa y espada" pero se comenta que es una obra de actualidad, que ha de gustar.­
Un grupo de mozos, con el apoyo de viejos danzantes, está tratando de recuperar la totalidad de las danzas que se habían olvidado para ofrecerlas como primicia en las fiestas. (El año an­terior, solo se habían conseguido algunas de las de palo).
Otra novedad es que la música de Arauzo, sustituirá en las fiestas a los dulzaineros de antaño. Terminarán las fiestas como de costumbre, con las populares competiciones del día 4, los capones.
Un año más, la ilusión y la expectación es grande en todo el pueblo. La comisión de festejos procede al reparto de papeles de la obra de teatro, reparto que se hace público seguidamente.­ Los protagonistas, serán Jesusa Millares y Leocadio Ayuso en ­los papeles de Rosalía y Juan Francisco. Alejandro "el Beto", repre­sentará el papel de Tomiza. Siguen por orden de importancia, Teresa Rupérez en el papel de Soledad, Julián -hermano de Leocadio- en el de tratante, Antonio Peña en el de gañan, y en otros papeles secun­darios, Vicenta de Miguel, Tomasa Rupérez, Alejandro Ayuso, Pedro ­Lucas, José Martín y toda la familia de Vicente el "sastre".­
Desde mediados de Enero, a las nueve de la noche, el alguacil del Ayuntamiento, recorre las calles del pueblo, y a redoble de tambor, convoca a ensayos a todos los que han de tomar parte en la re­presentación de la obra de teatro. El rito del redoble del tambor en ­el silencio de la noche, nos anuncia la proximidad de la fiesta y a los chicos nos hace ya vivir con la ilusión de celebrarla con alegría.­
Los danzantes Gabriel Ayuso, Pedro Golvano, Pedro R. Martin, Antonio Martin, Leocadio Ayuso, Agustín Muñoz, Cándido Martin y Va­lentin Andrés, dirigidos por Felipe el "Purea" y otros viejos dan­zantes, acortan también las largas noches de Enero, dedicando unas horas a los ensayos de las danzas, que se quieren presentar con la mayor brillantez.­
Los aficionados que practican la música de cuerda, organizados en rondalla, templan guitarras, laúdes y bandurrias, para ser también parte en la fiesta, amenizando los entreactos de la obra de ­teatro.­
Felipe el "Purea", organista, que toma parte activa en el grupo de danzantes y rondalla, tiene también preparado el Coro que ha de cantar las solemnes misas, los días de Candelas y San Blas. Es todo un pueblo el que participa y hace la fiesta y es la fiesta el principal comentario de las gentes que, en grupos, se reúnen en los carasoles , en estos fríos días de Enero. ­
Las amas de casa, también se preparan para la fiesta: mi madre, como otras muchas, tiene ya en casa la fanega de trigo molido para amasar el pan; el día señalado, saca la cazuela de barro en la que guarda los "chicharrones" que quedaron de la manteca de cerdo derretida, los calienta al amor de la lumbre, los parte en pequeños trocitos y los adereza para preparar con ellos las típicas y sabrosas tortas de chicharrones. La masa para hacer el pan, fermenta en la ar­tesa y, entretanto, prepara la masa para los famosos sobadillos que, en Candelas, están presentes en la mayoría de las casas del pueblo, que además de ser una golosina con la que se regala la familia en es­tas fiestas, es el mejor presente con el que se obsequia al familiar o amigo que nos visita. Siempre en nuestra infancia, fue un día espe­cial aquel en que la abuela o la madre amasaban el pan, pero este de las vísperas de Candelas, era especialísimo.­
Es el día 1 de Febrero.- En las primeras horas de la tarde se ­lanzan al aire los primeros cohetes y con un jubiloso repique y vol­teo de campanas, que tocan a vísperas, se anuncia la fiesta en tanto que la pequeña banda de música precedida por un nutrido grupo de chi­quillos, recorre el pueblo con alegres pasacalles.­
Los danzantes, en traje de calle, acompañados de los "bobos" y el dulzainero, seguidos de un tropel de chiquillos y algunos mayores, se dirigen primero a la Ermita de la Virgen de la Vega y después a la de San Blas, para ejecutar las danzas siguiendo el rito o costumbre tra­dicional, rito que, como un ensayo más, se repite esa misma tarde en la Iglesia.­
A las nueve de la noche, se presenta la obra de teatro en la que como es costumbre, la entrada es gratuita. Para no restar brillantez a la representación de la obra, en la función de la tarde del día de Candelas, la noche de la víspera, se representa solo la obra, como una prueba más y sin el menor boato.­
Día 2 de Febrero, Candelas .- La Banda de música alegra las calles despertándonos con sus dianas a Concejales y danzantes. Poco después las campanas vuelven a repicar alegremente, siendo volteadas con fuerza por los mozalbetes que, de este modo, quieren también expresar su participación en la fiesta.­
Las gentes del pueblo, vestidas con sus mejores galas, se van acercando a la Iglesia y sus aledaños en espera de que comience la misa solemne. Es en estos momentos, cuando se ve la gente forastera que, invitados, se han congregado en nuestro pueblo, para vivir estas simpáticas fiestas, que fueron siempre una gran atracción en la comarca. Llegan sacerdotes y autoridades y se inicia la celebración de la bendición de las velas y después la misa concelebrada; unos momentos antes del ofertorio, entran los danzantes vestidos con sus típicos trajes y las capas castellanas sobre los hombros; en la grada del altar mayor, realizan una bonita ceremonia de ofrecimiento con las imágenes de la Virgen de las Candelas y San Blas, bajo los acordes de la melodía que interpreta la Banda de música. Es este un rito solemne, precioso, digno de conservar; la ceremonia finaliza con el ofrecimiento de autoridades y danzantes y una bufonada de los ­"bobos".
Finalizada la misa, los danzantes, despojados de sus capas, pro­vistos de palo y castañuelas, precedidos de dulzainero y tamborilero, llegan por el pasillo central a la grada del altar mayor ejecutando la danza bailada y seguidamente las ocho de palos y tres de corbetera o escudete. Las ejecutan con elegancia estos buenos mo­zos, con ritmo y exactitud de movimientos, para llegar a tiempo al encuentro del compañero con el que ha de cruzar su palo o escudete ajustándose a los compases que marca el dulzainero que interpreta la música de la danza. En estas danzas, a mi entender, se mezclan ­lo romántico, lo religioso y lo guerrero. Las letrillas de las danzas, los movimientos y encuentros de los danzantes, así lo indican muy claramente, en particular en las dos ultimas danzas.
En aquellas fiestas de Candelas de 1.930, los que no conocíamos las danzas, quedábamos ilusionados y los que las recordaban en la lejanía del tiempo se felicitaban de haberlas recuperado.
Son las cuatro de la tarde de este día de Candelas, y la gente del pueblo se va congregando en la plaza y a las puertas del teatro a la espera de poder entrar y acomodarse para pasar las cuatro horas o quizás más, que durará el espectáculo. Quien más, quien menos, va provisto de su paquete con las tortas de chicharrones, los chorizos y algunos también la bota de vino, para merendar en los entreactos.
Sobre las seis de la tarde se levanta el telón y en medio del escenario aparece Leocadio Ayuso, el que con su bien timbrada voz y su buen decir, recita con primor la introducción (entradilla) en verso, escrita, con la mayor ilusión, por el maestro D. Gregorio.­ Era esta entradilla, en primer lugar, un saludo y felicitación tanto a los del pueblo como forasteros, era a la vez anuncio de pro­grama, sin faltar los versos que ponían la chispa de humor necesario en la fiesta. Seguidamente se pone en escena la obra que, como quedó comentado anteriormente se titula UN ALTO EN EL CAMINO.
El argumento gira sobre una familia de labradores jóvenes que viven felices en su hacienda, rodeados de su servidumbre. Los protagonistas, -Rosalía y Juan Francisco- están representados por Jesu­sa Millares y Leocadio Ayuso que encajan perfectamente en sus pape­les. Alejandro "el Beto" representa el papel de Tomiza, guarda de la hacienda, hombre del campo, sencillo, socarrón, que está de vuelta de muchas cosas de la vida por su experiencia y al que une una gran amistad con el dueño, Juan Francisco.­
La casualidad o la fatalidad, hace que en la carretera que pasa por la finca, Juan Francisco recoge a una señorita de la ciudad que ha resultado herida en el accidente del automóvil que conducía y la lleva a su casa a prestarle auxilio y curar sus heridas.­
Tal señorita resulta ser una artista, mujer frívola, que logra enredar en sus redes a Juan Francisco, consigue separarlo de su fami­­lia y vive con el en la ciudad hasta que lo deja arruinado.­
El papel de esta artista, lo representa a la perfección, Teresa Rupérez. Es un argumento sentimental, que cala profundo en la menta­lidad de la gente. La obra está escrita en verso fácil, animados y graciosos diálogos, en un lenguaje y expresiones muy propias del me­dio rural, en las que, Alejandro "el Beto" demuestra sus condiciones de consumado actor.­
En un comentario anterior, anoté que, este año se rompió con la tradición de presentar una obra de capa y espada (como se decía) y fue un acierto; todos los que intervinieron tuvieron una estupenda actuación y es quizás también por esto, por lo que la obra gustó tanto.­
Es curioso que, pese a mi buena memoria, con anterioridad a 1930 solo recuerdo un título de las obras representadas en Candelas y es la de D. Juan de Serrallonga, de la que recuerdo muy poco, por el contrario de esta de 1.930 -pese a los años transcurridos- aun con­servo en mi memoria retazos diversos y algún dialogo.­
Lo más importante de la fiesta de San BIas es la procesión a la Ermita donde se adora la reliquia. Carretera adelante los danzantes bailan delante de las imágenes de San BIas y la Virgen, baile que es seguido por jóvenes y otros no tan jóvenes hasta la ermita. Al re­greso de la procesión, ya en la Iglesia, hombres de edad avanzada, cumplen con fervor su voto o rito de bailar cada año en la grada ante ambas imágenes, costumbre que aún se conserva.­
Por la tarde y hasta el anochecer, baile público en la plaza, donde los "bobos" dan de beber en las tazas de plata del Ayuntamiento vino gratis a todo el que quiera tomarlo. El baile público continuará dentro del salón del Ayuntamiento hasta altas horas de la noche.­
El día 4, último de la fiesta, se celebraban por la tarde, la co­rrida de los capones, el tiro al blanco para cazadores y después en las eras, el juego de la "gallina ciega" y otros con los que el pue­blo se divertía.

Mariano Arranz Peñaranda – 1984, Recuerdos de mi infancia

sábado, 2 de diciembre de 2006

LOS TIEMPOS DEL MATUTE

Es esta historia del matute un tema que me parece interesante comentar cuando recordamos la Historia de nuestro pueblo, ya que historia no es solo la referida a los grandes acontecimientos, sino también otra que narra las circunstancias que condicionan la vida de los pueblos.
Desde siempre, el pinar fue en nuestro pueblo una importante fuente de ingresos para los vecinos y el "matute", ya por necesi­dad ya por vicio -más por lo primero que por lo segundo- no dejó de practicarse hasta los años cuarenta de nuestro siglo, si bien últimamente a muy pequeña escala y de forma esporádica.
Pero la época a que me voy a referir, es la que comprende principalmente el último cuarto del siglo XIX, cuando el "matute" se convirtió en algo cotidiano para muchas familias del pueblo que vivieron unas circunstancias que considero les empujaron a utili­zar el recurso del matute como medio de su sustento. Todo ello, ­acabó creando muchos y graves problemas de los que tengo información veraz porque mis ascendientes vivieron la situación muy directamente.
Las sierras verticales instaladas en los molinos harineros, -accionadas por la energía hidráulica producida por unos ingenios denominados "rodetes"- eran muy lentas por tanto la cantidad de madera que podían aserrar era pequeña y, aunque fuera de "matute" hace suponer no era motivo de escándalo. Pero cuando se instala­ron la sierras de cinta sinfín, accionadas por máquinas de vapor, después por ruedas y turbinas hidráulicas la situación cambió ­totalmente.
La revolución industrial propiciada por las máquinas de va­por, llegó a San Leonardo -según referencias- ya en el último ­cuarto del siglo XIX cuando los hermanos Francisco y Manuel García, ­y también Saturnino Golvano apodado el "onrras" instalaron las ­modernas sierras de cinta sinfín accionadas por máquinas de vapor los primeros en una huerta en el Barrio de San Pedro, y Saturnino Golvano en otra detrás de su casa, junto al Río de los Campos. Aque­llas nuevas sierras dejaron arrinconadas por obsoletas a las an­tiguas sierras verticales instaladas en los pequeños saltes de ­agua de los molinos.
Así por el afán de negocio de unos y las necesidades de sub­sistencia de otros, empezó o se agudizó lo que se llamó y yo quiero recordar COMO LOS DIFICILES AÑOS DE LA PRACTICA DEL MATUTE.
Siempre la calidad 1ª y 2ª (limpio y entrelimpio) se cotizaron con notable diferencia de precio sobre las calidades más inferio­res; así los matuteros cortaban los mejores pinos de los que so­lo aprovechaban los primeros maderos para tabla o tableta de nue­ve pulgadas de ancho (21 cm.) que los industriales pagaban a mejor precio. El resto del pino que no daba la calidad 1ª y 2ª o el diámetro suficiente, se pudría en el monte si otros no lo aprovechaban para tabla de encofrado en minas que se cotizaba poco.
Aquello generó o representó un abuso que la Ley vino a reprimir, y el abuso debió ser general cuando se promulgó la Ley de Montes de 1863, vigente hasta 1957.
La aplicación de la ley de Montes fue haciendo poco a poco muy difícil la práctica del matute y la entrada y aserrado en las se­rrerías antes indicadas que, al estar dentro del casco de pueblo, eran fáciles de vigilar y controlar día y noche por la Guardia Civil.
Supongo que ello debió decidir a Saturnino Golvano a comprar el molino de la Sierra Casarejos para trasladar a él la serrería. Aquel industrial, que conocía las ruedas hidráulicas y donde las fabricaban, encargó una totalmente metálica apropiada para el salto de agua y con potencia suficiente para accionar el aparato de sierra.
Aquella rueda sirvió de modelo para que seguidamente se monta­ran otras -con armazón de madera y cangilones de chapa metálica­ en todos o casi todos los saltos de agua en el cauce del Río Navaleno, hasta Arganza.
Los hermanos García, adquirieron la fábrica que actualmente es de la familia Muñoz y que fue de un catalán llamado Subirats y a ella trasladaron la serrería y molino abandonando la máquina de vapor.
Dispersas en el extrarradio, en las serrerías movidas por la energía hidráulica, en cualquier momento del día o de la noche, bastaba con levantar la compuerta de la presa para poner en mar­cha la sierra y, en pocos minutos, los maderos de matute se convertían en tabla.
Según he oído comentar repetidas veces a quienes vivieron y practicaron el matute, llegó el momento en que solo era posible realizarlo por la noche en cualquiera de las seis o siete serrerías movidas por la energía hidráulica. La práctica del matute por la noche solo la podía realizar gente relativamente joven y audaz. Se unían familias para darse cobertura, mujeres y chicos se encargaban de vigilar la Casa Cuartel de la Guardia Civil y del Ca­pataz forestal y controlar sus salidas.
Mediante silbidos o sonidos producidos guturalmente -que entre ellos entendían- en el silencio de la noche avisaban del camino que tomaba la pareja de la Guardia Civil que salía da servicio. Los que estaban de vigilancia en el Alto del Corral, en la Majada o Pra­dos de la Magdalena (actuales chalets) recogían el mensaje e iban a avisar a aquellos matuteros que en su camino pudieran contrar­se con los guardias. Resultaba así que los vigilantes se convertían en vigilados. Con su habilidad y destreza en el manejo de las hachas, la­braban bien los maderos, tanto para reducir el peso de los mismos, como para que asentaran bien sobre los aparejos de los borricos a cuyos lomos los transportaban. Los cargaban atravesados sobre las bestias de tal forma que, en un momento de peligro de deten­ción, les era fácil tirarlos al suelo y alejarse en la oscuridad de la noche.
Cuando en varias ocasiones he escuchado contar sus vicisitu­des a hombres y mujeres que vivieron directamente la época del matute, sus relatos me produjeron lastima por la vida de sobre­salto que vivieron; al mismo tiempo admiración -no por su valor y audacia- sí por la solidaridad que se estableció entre todas aque­llas pobres gentes desheredadas de la fortuna que necesitaban el matute para llevar el pan de cada día a su familia, a sus hijos; que se ayudaron entre sí, recurriendo a toda clase de estratagemas o picaresca para eludir la vigilancia que, principalmente, ­ejerció sobre ellos la Guardia Civil.
Pese a aquellas precauciones, muchos padres de Familia y al­gunos de sus hijos, dieron con sus huesos en la cárcel del Burgo de Osma, durante algunos meses.
Muchas anécdotas he escuchado de los que vivieron aquello, ­pero solo recordaré una de ellas:
"A un chico de unos 12 años que por la noche rondaba por los alrededores de la Casa cuartel de la G.Civil, un día lo atra­po la pareja y lo llevó al cuartelillo. Tan amaestrado esta­ba el chico, que al ser interrogado, solo contestó: “que esta­ba en la calle porque no se atrevía a ir a su casa por miedo a que le castigara su padre, pues en lugar de ir a la escue­la había hecho novillos”. "Y completando la anécdota me con­taron también que informado el Alcalde, se personó en el cuar­tel para recordar al Jefe del puesto que su obligación -al tratarse de un menor- era el de haberle conducido al domicilio de sus padres en lugar de retenerlo".
La Guardia Civil y el Capataz forestal fueron acosando poco a poco a los matuteros. Me contaron mis abuelas que en el camino de Navacastellanos, un joven que desobedeció el "alto" de la Guardia Civil, fué alcanzado y muerto por un disparo de aquella. Me consta también que un capataz forestal llamado Romualdo, llegó a dispa­rar su arma -carabina- contra los matuteros.
El miedo a la cárcel o a ser muertos violentamente, hizo que muchos jóvenes, e incluso alguna familia, decidieran, a principios de siglo XX marchar del pueblo, la mayoría de ellos a Sudamérica.
Al analizar ahora fríamente aquella situación, pienso que fue una represión hábilmente calculada, lenta pero sin pausa, en la que sólo fueron a la cárcel los matuteros.
Todo este comentario, que ya es historia, fue una triste ­realidad que hace un siglo se vivió en nuestro pueblo, en la que muchas familias se vieron implicadas por unas circunstancias so­ciales y económicas que llegaron a producir consecuencias muy ne­gativas para los más débiles y nunca oí comentar que a los indus­triales que compraban la madera se les impusiera sanción alguna ni mucho menos que fueran -como los matuteros- a la cárcel.

Mariano Arranz Peñaranda - Sus memorias

MEMORIAS: EL PROYECTO DEL FERROCARRIL

Extraído de las memorias de Mariano Arranz Peñaranda Era yo muy niño, no puedo precisar si era en 1924 o 1925, cuando tuve conocimie...