sábado, 2 de diciembre de 2006

LOS TIEMPOS DEL MATUTE

Es esta historia del matute un tema que me parece interesante comentar cuando recordamos la Historia de nuestro pueblo, ya que historia no es solo la referida a los grandes acontecimientos, sino también otra que narra las circunstancias que condicionan la vida de los pueblos.
Desde siempre, el pinar fue en nuestro pueblo una importante fuente de ingresos para los vecinos y el "matute", ya por necesi­dad ya por vicio -más por lo primero que por lo segundo- no dejó de practicarse hasta los años cuarenta de nuestro siglo, si bien últimamente a muy pequeña escala y de forma esporádica.
Pero la época a que me voy a referir, es la que comprende principalmente el último cuarto del siglo XIX, cuando el "matute" se convirtió en algo cotidiano para muchas familias del pueblo que vivieron unas circunstancias que considero les empujaron a utili­zar el recurso del matute como medio de su sustento. Todo ello, ­acabó creando muchos y graves problemas de los que tengo información veraz porque mis ascendientes vivieron la situación muy directamente.
Las sierras verticales instaladas en los molinos harineros, -accionadas por la energía hidráulica producida por unos ingenios denominados "rodetes"- eran muy lentas por tanto la cantidad de madera que podían aserrar era pequeña y, aunque fuera de "matute" hace suponer no era motivo de escándalo. Pero cuando se instala­ron la sierras de cinta sinfín, accionadas por máquinas de vapor, después por ruedas y turbinas hidráulicas la situación cambió ­totalmente.
La revolución industrial propiciada por las máquinas de va­por, llegó a San Leonardo -según referencias- ya en el último ­cuarto del siglo XIX cuando los hermanos Francisco y Manuel García, ­y también Saturnino Golvano apodado el "onrras" instalaron las ­modernas sierras de cinta sinfín accionadas por máquinas de vapor los primeros en una huerta en el Barrio de San Pedro, y Saturnino Golvano en otra detrás de su casa, junto al Río de los Campos. Aque­llas nuevas sierras dejaron arrinconadas por obsoletas a las an­tiguas sierras verticales instaladas en los pequeños saltes de ­agua de los molinos.
Así por el afán de negocio de unos y las necesidades de sub­sistencia de otros, empezó o se agudizó lo que se llamó y yo quiero recordar COMO LOS DIFICILES AÑOS DE LA PRACTICA DEL MATUTE.
Siempre la calidad 1ª y 2ª (limpio y entrelimpio) se cotizaron con notable diferencia de precio sobre las calidades más inferio­res; así los matuteros cortaban los mejores pinos de los que so­lo aprovechaban los primeros maderos para tabla o tableta de nue­ve pulgadas de ancho (21 cm.) que los industriales pagaban a mejor precio. El resto del pino que no daba la calidad 1ª y 2ª o el diámetro suficiente, se pudría en el monte si otros no lo aprovechaban para tabla de encofrado en minas que se cotizaba poco.
Aquello generó o representó un abuso que la Ley vino a reprimir, y el abuso debió ser general cuando se promulgó la Ley de Montes de 1863, vigente hasta 1957.
La aplicación de la ley de Montes fue haciendo poco a poco muy difícil la práctica del matute y la entrada y aserrado en las se­rrerías antes indicadas que, al estar dentro del casco de pueblo, eran fáciles de vigilar y controlar día y noche por la Guardia Civil.
Supongo que ello debió decidir a Saturnino Golvano a comprar el molino de la Sierra Casarejos para trasladar a él la serrería. Aquel industrial, que conocía las ruedas hidráulicas y donde las fabricaban, encargó una totalmente metálica apropiada para el salto de agua y con potencia suficiente para accionar el aparato de sierra.
Aquella rueda sirvió de modelo para que seguidamente se monta­ran otras -con armazón de madera y cangilones de chapa metálica­ en todos o casi todos los saltos de agua en el cauce del Río Navaleno, hasta Arganza.
Los hermanos García, adquirieron la fábrica que actualmente es de la familia Muñoz y que fue de un catalán llamado Subirats y a ella trasladaron la serrería y molino abandonando la máquina de vapor.
Dispersas en el extrarradio, en las serrerías movidas por la energía hidráulica, en cualquier momento del día o de la noche, bastaba con levantar la compuerta de la presa para poner en mar­cha la sierra y, en pocos minutos, los maderos de matute se convertían en tabla.
Según he oído comentar repetidas veces a quienes vivieron y practicaron el matute, llegó el momento en que solo era posible realizarlo por la noche en cualquiera de las seis o siete serrerías movidas por la energía hidráulica. La práctica del matute por la noche solo la podía realizar gente relativamente joven y audaz. Se unían familias para darse cobertura, mujeres y chicos se encargaban de vigilar la Casa Cuartel de la Guardia Civil y del Ca­pataz forestal y controlar sus salidas.
Mediante silbidos o sonidos producidos guturalmente -que entre ellos entendían- en el silencio de la noche avisaban del camino que tomaba la pareja de la Guardia Civil que salía da servicio. Los que estaban de vigilancia en el Alto del Corral, en la Majada o Pra­dos de la Magdalena (actuales chalets) recogían el mensaje e iban a avisar a aquellos matuteros que en su camino pudieran contrar­se con los guardias. Resultaba así que los vigilantes se convertían en vigilados. Con su habilidad y destreza en el manejo de las hachas, la­braban bien los maderos, tanto para reducir el peso de los mismos, como para que asentaran bien sobre los aparejos de los borricos a cuyos lomos los transportaban. Los cargaban atravesados sobre las bestias de tal forma que, en un momento de peligro de deten­ción, les era fácil tirarlos al suelo y alejarse en la oscuridad de la noche.
Cuando en varias ocasiones he escuchado contar sus vicisitu­des a hombres y mujeres que vivieron directamente la época del matute, sus relatos me produjeron lastima por la vida de sobre­salto que vivieron; al mismo tiempo admiración -no por su valor y audacia- sí por la solidaridad que se estableció entre todas aque­llas pobres gentes desheredadas de la fortuna que necesitaban el matute para llevar el pan de cada día a su familia, a sus hijos; que se ayudaron entre sí, recurriendo a toda clase de estratagemas o picaresca para eludir la vigilancia que, principalmente, ­ejerció sobre ellos la Guardia Civil.
Pese a aquellas precauciones, muchos padres de Familia y al­gunos de sus hijos, dieron con sus huesos en la cárcel del Burgo de Osma, durante algunos meses.
Muchas anécdotas he escuchado de los que vivieron aquello, ­pero solo recordaré una de ellas:
"A un chico de unos 12 años que por la noche rondaba por los alrededores de la Casa cuartel de la G.Civil, un día lo atra­po la pareja y lo llevó al cuartelillo. Tan amaestrado esta­ba el chico, que al ser interrogado, solo contestó: “que esta­ba en la calle porque no se atrevía a ir a su casa por miedo a que le castigara su padre, pues en lugar de ir a la escue­la había hecho novillos”. "Y completando la anécdota me con­taron también que informado el Alcalde, se personó en el cuar­tel para recordar al Jefe del puesto que su obligación -al tratarse de un menor- era el de haberle conducido al domicilio de sus padres en lugar de retenerlo".
La Guardia Civil y el Capataz forestal fueron acosando poco a poco a los matuteros. Me contaron mis abuelas que en el camino de Navacastellanos, un joven que desobedeció el "alto" de la Guardia Civil, fué alcanzado y muerto por un disparo de aquella. Me consta también que un capataz forestal llamado Romualdo, llegó a dispa­rar su arma -carabina- contra los matuteros.
El miedo a la cárcel o a ser muertos violentamente, hizo que muchos jóvenes, e incluso alguna familia, decidieran, a principios de siglo XX marchar del pueblo, la mayoría de ellos a Sudamérica.
Al analizar ahora fríamente aquella situación, pienso que fue una represión hábilmente calculada, lenta pero sin pausa, en la que sólo fueron a la cárcel los matuteros.
Todo este comentario, que ya es historia, fue una triste ­realidad que hace un siglo se vivió en nuestro pueblo, en la que muchas familias se vieron implicadas por unas circunstancias so­ciales y económicas que llegaron a producir consecuencias muy ne­gativas para los más débiles y nunca oí comentar que a los indus­triales que compraban la madera se les impusiera sanción alguna ni mucho menos que fueran -como los matuteros- a la cárcel.

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